Dominación y hegemonía son nociones de uso común en el lenguaje político. Habitualmente se asumen como sinónimos. A veces su diferencia es percibida en términos graduales. Por ejemplo, el modelo político actual tiende a ser interpretado como una versión autoritaria de nuestra cultura democrática. Por esa razón es calificado como hegemónico; vale decir, incapaz de reconocer y procesar los antagonismos naturales de la lucha política. Esta descripción, sin embargo, no captura la complejidad del momento político actual y propicia el diseño de políticas erróneas.
Hagamos un breve ejercicio conceptual. Hegemonía y dominación, sin lugar a dudas, constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
Por ejemplo, en la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo su debilidad. Con el transcurso del tiempo esta agrupación se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia consiste en dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyentes. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es fomentada desde la cúspide del petro estado venezolano.
Entonces, ¿cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? ¿Es factible un “compromiso histórico” en la Venezuela actual? Preguntas vitales. Responderlas debería ser motivo de un debate intenso. Discusión abierta, dinámica y sin descalificaciones.
Para avanzar en este terreno es indispensable diseñar una política con vocación hegemónica. Ello implicaría, entre otras cosas, comprender las reglas a través de la cuales las acciones y los objetos en este ámbito adquieren significado. Veamos un caso que puede ilustrar la afirmación anterior. En la boca de agrupaciones políticas como el PSUV y Primero Justicia la palabra pueblo evoca significados distintos. En el primer caso, masas desposeídas que deben ser asistidas a través de políticas públicas. En el segundo, sociedad civil; vale decir, sujetos que adquieren identidad a través del ejercicio de sus deberes y derechos ciudadanos. Concepciones estas que no deben asumirse en términos excluyentes. Antes por el contrario, un nuevo proyecto político con aspiración hegemónica debería articular ambas significaciones, trascender las fronteras discursivas que lo separan del adversario y “ocupar” su espacio discursivo.
En el país persiste el fenómeno de la polarización. No tan sólo la electoral sino también la asociada a culturas políticas incompatibles. La nación sufre de un déficit de hegemonía. Es necesario, en consecuencia, formular propuestas que trascienda estos extremos y suministren contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Con la siguiente afirmación finalizo. Hay que prestar atención a la totalidad del país en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
domingo, 17 de octubre de 2010
viernes, 10 de septiembre de 2010
Hegemonía y Dominación
Dominación y hegemonía son nociones de uso común en el lenguaje político. Habitualmente se asumen como sinónimos. A veces su diferencia es percibida en términos graduales. Por ejemplo, el modelo político actual tiende a ser interpretado como una versión autoritaria de nuestra cultura democrática. Por esa razón es calificado como hegemónico; vale decir, incapaz de reconocer y procesar los antagonismos naturales de la lucha política. Esta descripción, sin embargo, no captura la complejidad del momento político actual y propicia el diseño de políticas erróneas.
Hagamos un breve ejercicio conceptual. Hegemonía y dominación, sin lugar a dudas, constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
Por ejemplo, en la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo su debilidad. Con el transcurso del tiempo esta agrupación se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia consiste en dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyentes. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es fomentada desde la cúspide del petro estado venezolano.
Entonces, ¿cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? ¿Es factible un “compromiso histórico” en la Venezuela actual? Preguntas vitales. Responderlas debería ser motivo de un debate intenso. Discusión abierta, dinámica y sin descalificaciones.
Para avanzar en este terreno es indispensable diseñar una política con vocación hegemónica. Ello implicaría, entre otras cosas, comprender las reglas a través de la cuales las acciones y los objetos en este ámbito adquieren significado. Veamos un caso que puede ilustrar la afirmación anterior. En la boca de agrupaciones políticas como el PSUV y Primero Justicia la palabra pueblo evoca significados distintos. En el primer caso, masas desposeídas que deben ser asistidas a través de políticas públicas. En el segundo, sociedad civil; vale decir, sujetos que adquieren identidad a través del ejercicio de sus deberes y derechos ciudadanos. Concepciones estas que no deben asumirse en términos excluyentes. Antes por el contrario, un nuevo proyecto político con aspiración hegemónica debería articular ambas significaciones, trascender las fronteras discursivas que lo separan del adversario y “ocupar” su espacio discursivo.
En el país persiste el fenómeno de la polarización. No tan sólo la electoral sino también la asociada a culturas políticas incompatibles. La nación sufre de un déficit de hegemonía. Es necesario, en consecuencia, formular propuestas que trascienda estos extremos y suministren contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Con la siguiente afirmación finalizo. Hay que prestar atención a la totalidad del país en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
Hagamos un breve ejercicio conceptual. Hegemonía y dominación, sin lugar a dudas, constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
Por ejemplo, en la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo su debilidad. Con el transcurso del tiempo esta agrupación se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia consiste en dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyentes. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es fomentada desde la cúspide del petro estado venezolano.
Entonces, ¿cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? ¿Es factible un “compromiso histórico” en la Venezuela actual? Preguntas vitales. Responderlas debería ser motivo de un debate intenso. Discusión abierta, dinámica y sin descalificaciones.
Para avanzar en este terreno es indispensable diseñar una política con vocación hegemónica. Ello implicaría, entre otras cosas, comprender las reglas a través de la cuales las acciones y los objetos en este ámbito adquieren significado. Veamos un caso que puede ilustrar la afirmación anterior. En la boca de agrupaciones políticas como el PSUV y Primero Justicia la palabra pueblo evoca significados distintos. En el primer caso, masas desposeídas que deben ser asistidas a través de políticas públicas. En el segundo, sociedad civil; vale decir, sujetos que adquieren identidad a través del ejercicio de sus deberes y derechos ciudadanos. Concepciones estas que no deben asumirse en términos excluyentes. Antes por el contrario, un nuevo proyecto político con aspiración hegemónica debería articular ambas significaciones, trascender las fronteras discursivas que lo separan del adversario y “ocupar” su espacio discursivo.
En el país persiste el fenómeno de la polarización. No tan sólo la electoral sino también la asociada a culturas políticas incompatibles. La nación sufre de un déficit de hegemonía. Es necesario, en consecuencia, formular propuestas que trascienda estos extremos y suministren contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Con la siguiente afirmación finalizo. Hay que prestar atención a la totalidad del país en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
domingo, 30 de mayo de 2010
Babieca, Rocinante, Pastor, Bucéfalo, Marengo
Estos son algunos nombres de los caballos que cabalgaron personajes de ficción e históricos. Babieca, acompaña al Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, en su última batalla. Sobre Rocinante, se empinan las alucinaciones de Don Quijote de la Mancha. Pastor escolta a Simón Bolívar en innumerables batallas. Desde el lomo de Bucéfalo, Alejandro Magno, dirigió batallas que expandieron el imperio griego hasta Egipto y la frontera de la india. Marengo es custodiado en el Nationa Army Museum en Inglaterra; testigo mudo de la derrota de Napoleón en Waterloo.
PROCEDENCIA
El fósil más antiguo de la familia de los equinos se encontró en Estados Unidos en 1867 y se le denominó Eohippus. Este animal medía unos 30 centímetros y poseía cuatro almohadillas en las patas delanteras y tres en las traseras. Era el habitante de las zonas selváticas y de los pantanos y fue la especie que emigró hacia Asia en el periodo del Eoceno.
Con la llegada de la era glacial el número de ejemplares se fue reduciendo hasta su extinción del continente americano hace unos ocho mil años. Así, hasta que no llegaron los primeros conquistadores la especie del Equus caballus (denominación latina para el caballo que conocemos en la actualidad) fue desconocida para los pobladores de este continente.
SIMBOLISMO
La riqueza simbólica de este animal es variada. Para muchos autores el caballo es expresión simbólica del instinto, volcán del deseo desenfrenado. En antiguos ritos, una cuadriga de cuatro caballos es sacrificada como ofrenda al sol. Los romanos lo consagran al Dio guerrero Marte. Para los hijos de la Roma Eterna, la visión de un caballo es presagio de guerra. En diversas fábulas y leyendas, los caballos previenen a los caballeros: son clarividentes. De acuerdo a Jung, el brioso cuadrúpedo es encarnación del costado mágico del hombre, “la madre en nosotros”, la intuición del inconciente. De la aureola mágica del caballo proviene la creencia de que la herradura es señal de buena suerte. Mirce Eliade, el gran historiador de las religiones, subraya su carácter ctónico-funerario y el papel protagónico que juega en los ritos chamánicos.
Equus caballus juega un papel importante en la obra reciente de Alirio Palacios; sus caballos guerreros y de la tropa emperadora, Babieca, Rocinante, Pastor, Bucéfal y Marengo trasladan al espectador a otro nivel; a un mas allá que permite cabalgar llanuras, rozar ventanas y atajar nubes
Maestria y Espacio Mítico de Alirio Palacios Eugenio Montejo
La maestría que manifiestan sus cada vez más convincentes propuestas en el curso de estas últimas décadas lo ha convertido en una referencia ineludible de los logros plásticos venezolanos alcanzados durante la segunda mitad del siglo pasado. En un acercamiento forzosamente sucinto a su trabajo como el presente, creo que debe señalarse dos rasgos capitales que a mi ver han marcado su búsqueda desde el inicio. El uno se refiere a su incomparable formación creadora, una de las más sólidas entre los artistas de nuestros días, una formación conquistada mediante un rigor casi ascético que lo llevó a permanecer durante largos años como estudiante en China, Polonia, Alemania, en una etapa en que tal vez otros se hubiesen dado por satisfechos con lo aprendido en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas. Esa rara ambición de dominio formativo ha hecho de él un maestro en el arte del grabado oriental y occidental, en el empleo de procedimientos y medios inusuales o poco conocidos que combina con singular pericia en sus propios grabados y pinturas. Sin embargo, el cabal desempeño del oficio se ha convertido para él en un academicismo petrificante, en fórmulas rígidas de procedimientos que pretendan bastarse por sí mismos. Al contrario, nuestro pintor es consciente de que los secretos de la hechura deben siempre ponerse al servicio de la intuición y de las visiones creadoras. De allí nace la convincente vitalidad de sus cuadros. A este primer rasgo, que corresponde al adueñamiento del oficio, a la asimilación de una paciente sabiduría técnica, conviene añadir otro, no menos determinante a lo largo de toda su obra. Se trata de la base mítica que le sirve de referencia, la raíz sagrada de su espacio, sin la cual el aprendizaje técnico tal vez se habría condenado a la inventiva gratuita.
Una de las obras que ha sabido asumir con mayor decisión el emblemático legado de Armando Reverón (1889 – 1954) en la pintura de nuestro continente es la de Alirio Palacios. Es verdad que su proyección, sus medios, sus alcances son radicalmente distintos. Es conocida la enceguecida ansiedad de Reverón por pintar la luz de los trópicos a partir del blanco puro, en tanto que en Palacios predomina el empleo del negro que proviene de sus maestros chinos. El negro que al asumirse como color es el que mejor se relaciona con el universo fantasmagórico que a menudo, se expresa en sus cuadros. sin embargo, la fidelidad casi religiosa a la pintura como alfabeto donde podemos leer la vida y el ámbito originario de un hombre en ambos se da con inigualable correspondencia, en ambos alcanza el hondo sentido de fidelidad a un destino.
Alirio Palacios
Nació en Tucupita, estado Delta Amacuro, el 7 de diciembre de 1938. Pasa su infancia en el campo petrolero de San Tomé, donde cursa la primaria. Estudia secundaria en la población de El Tigre, estado Anzoátegui. Se traslada a Caracas para seguir arte puro y artes gráficas en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas, donde estudia con Alejandro Otero, Mateo Manaure, Rafael Ramón González, Gert Leufert y Gego. A su egreso del plantel, en el año 1959, es un pintor paisajista, tendencia de la que se irá apartando. En el Salón Oficial de 1961 recibe el Premio Roma, con el que da inicio a una serie de viajes de estudio por ciudades y centros de enseñanza artística del mundo: cursa pintura en la Academia de Bellas Artes de Roma, 1961; grabado en la Universidad de Bellas Artes de Pekín, 1962-1965; aguafuerte y diseño en la Universidad de Arte de Varsovia, 1968; grabado en la Academia de Arte de Berlín Occidental, 1969; artes gráficas en el Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra, 1973-1974; mezzotinta en la Universidad de Cracovia, 1974-1975, y otros. Ha trabajado en el campo de la docencia del diseño, además de ser cofundador del TAGA y del CEGRA. Ha sido comisario en una serie de eventos artísticos nacionales en el extranjero, y dirigió el Venezuelan Art Center en EE UU. Ha recibido numerosas recompensas, siendo las más significativas el Premio Nacional de Artes Plásticas 1977; primer premio, II Salón de Dibujo Actual de Venezuela, FUNDARTE, Caracas, 1980; premio adquisición, I Bienal Nacional de Artes Visuales, Museo de Bellas Artes, Caracas, 1981; y el Premio Andrés Pérez Mujica, Salón Arturo Michelena, Valencia, 1981.
PROCEDENCIA
El fósil más antiguo de la familia de los equinos se encontró en Estados Unidos en 1867 y se le denominó Eohippus. Este animal medía unos 30 centímetros y poseía cuatro almohadillas en las patas delanteras y tres en las traseras. Era el habitante de las zonas selváticas y de los pantanos y fue la especie que emigró hacia Asia en el periodo del Eoceno.
Con la llegada de la era glacial el número de ejemplares se fue reduciendo hasta su extinción del continente americano hace unos ocho mil años. Así, hasta que no llegaron los primeros conquistadores la especie del Equus caballus (denominación latina para el caballo que conocemos en la actualidad) fue desconocida para los pobladores de este continente.
SIMBOLISMO
La riqueza simbólica de este animal es variada. Para muchos autores el caballo es expresión simbólica del instinto, volcán del deseo desenfrenado. En antiguos ritos, una cuadriga de cuatro caballos es sacrificada como ofrenda al sol. Los romanos lo consagran al Dio guerrero Marte. Para los hijos de la Roma Eterna, la visión de un caballo es presagio de guerra. En diversas fábulas y leyendas, los caballos previenen a los caballeros: son clarividentes. De acuerdo a Jung, el brioso cuadrúpedo es encarnación del costado mágico del hombre, “la madre en nosotros”, la intuición del inconciente. De la aureola mágica del caballo proviene la creencia de que la herradura es señal de buena suerte. Mirce Eliade, el gran historiador de las religiones, subraya su carácter ctónico-funerario y el papel protagónico que juega en los ritos chamánicos.
Equus caballus juega un papel importante en la obra reciente de Alirio Palacios; sus caballos guerreros y de la tropa emperadora, Babieca, Rocinante, Pastor, Bucéfal y Marengo trasladan al espectador a otro nivel; a un mas allá que permite cabalgar llanuras, rozar ventanas y atajar nubes
Maestria y Espacio Mítico de Alirio Palacios Eugenio Montejo
La maestría que manifiestan sus cada vez más convincentes propuestas en el curso de estas últimas décadas lo ha convertido en una referencia ineludible de los logros plásticos venezolanos alcanzados durante la segunda mitad del siglo pasado. En un acercamiento forzosamente sucinto a su trabajo como el presente, creo que debe señalarse dos rasgos capitales que a mi ver han marcado su búsqueda desde el inicio. El uno se refiere a su incomparable formación creadora, una de las más sólidas entre los artistas de nuestros días, una formación conquistada mediante un rigor casi ascético que lo llevó a permanecer durante largos años como estudiante en China, Polonia, Alemania, en una etapa en que tal vez otros se hubiesen dado por satisfechos con lo aprendido en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas. Esa rara ambición de dominio formativo ha hecho de él un maestro en el arte del grabado oriental y occidental, en el empleo de procedimientos y medios inusuales o poco conocidos que combina con singular pericia en sus propios grabados y pinturas. Sin embargo, el cabal desempeño del oficio se ha convertido para él en un academicismo petrificante, en fórmulas rígidas de procedimientos que pretendan bastarse por sí mismos. Al contrario, nuestro pintor es consciente de que los secretos de la hechura deben siempre ponerse al servicio de la intuición y de las visiones creadoras. De allí nace la convincente vitalidad de sus cuadros. A este primer rasgo, que corresponde al adueñamiento del oficio, a la asimilación de una paciente sabiduría técnica, conviene añadir otro, no menos determinante a lo largo de toda su obra. Se trata de la base mítica que le sirve de referencia, la raíz sagrada de su espacio, sin la cual el aprendizaje técnico tal vez se habría condenado a la inventiva gratuita.
Una de las obras que ha sabido asumir con mayor decisión el emblemático legado de Armando Reverón (1889 – 1954) en la pintura de nuestro continente es la de Alirio Palacios. Es verdad que su proyección, sus medios, sus alcances son radicalmente distintos. Es conocida la enceguecida ansiedad de Reverón por pintar la luz de los trópicos a partir del blanco puro, en tanto que en Palacios predomina el empleo del negro que proviene de sus maestros chinos. El negro que al asumirse como color es el que mejor se relaciona con el universo fantasmagórico que a menudo, se expresa en sus cuadros. sin embargo, la fidelidad casi religiosa a la pintura como alfabeto donde podemos leer la vida y el ámbito originario de un hombre en ambos se da con inigualable correspondencia, en ambos alcanza el hondo sentido de fidelidad a un destino.
Alirio Palacios
Nació en Tucupita, estado Delta Amacuro, el 7 de diciembre de 1938. Pasa su infancia en el campo petrolero de San Tomé, donde cursa la primaria. Estudia secundaria en la población de El Tigre, estado Anzoátegui. Se traslada a Caracas para seguir arte puro y artes gráficas en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas, donde estudia con Alejandro Otero, Mateo Manaure, Rafael Ramón González, Gert Leufert y Gego. A su egreso del plantel, en el año 1959, es un pintor paisajista, tendencia de la que se irá apartando. En el Salón Oficial de 1961 recibe el Premio Roma, con el que da inicio a una serie de viajes de estudio por ciudades y centros de enseñanza artística del mundo: cursa pintura en la Academia de Bellas Artes de Roma, 1961; grabado en la Universidad de Bellas Artes de Pekín, 1962-1965; aguafuerte y diseño en la Universidad de Arte de Varsovia, 1968; grabado en la Academia de Arte de Berlín Occidental, 1969; artes gráficas en el Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra, 1973-1974; mezzotinta en la Universidad de Cracovia, 1974-1975, y otros. Ha trabajado en el campo de la docencia del diseño, además de ser cofundador del TAGA y del CEGRA. Ha sido comisario en una serie de eventos artísticos nacionales en el extranjero, y dirigió el Venezuelan Art Center en EE UU. Ha recibido numerosas recompensas, siendo las más significativas el Premio Nacional de Artes Plásticas 1977; primer premio, II Salón de Dibujo Actual de Venezuela, FUNDARTE, Caracas, 1980; premio adquisición, I Bienal Nacional de Artes Visuales, Museo de Bellas Artes, Caracas, 1981; y el Premio Andrés Pérez Mujica, Salón Arturo Michelena, Valencia, 1981.
viernes, 28 de mayo de 2010
Al burgués insaciable y siempre cruel, no le des paz ni cuartel”
“Al burgués insaciable y siempre cruel, no le des paz ni cuartel”, así reza una estrofa del himno que identifica a la “joven guardia” comunista. Este fragmento bien pudiera ser entonado por trabajadores de múltiples empresas venezolanas en conflicto. Sin embargo, este papel de “burgués insaciable y siempre cruel” no lo desempeña el empresariado, sino el estado revolucionario venezolano.
Por ejemplo, los trabajadores de las empresas Polar se encuentran en pie de lucha; en guardia permanente para evitar el arrebato y la destrucción de sus puestos de trabajo por parte del “insaciable y siempre cruel” estado revolucionario. Para estos venezolanos la amenaza no proviene de la gerencia de esta empresa. La intimidación y peligro lo representa la nomenclatura revolucionaria que intenta implementar el llamado socialismo del siglo XXI. Situación similar experimentan los trabajadores de la Siderurgia del Orinoco. La situación de caos y pérdida de sus derechos laborales sólo puede ser atribuida a este estado “burgués” y socialista. Los gerentes revolucionarios lograron el “milagro” de producir 80% menos toneladas de acero líquido que en el año 2007, con perdidas de 1 mil 24 millones de dólares. Este estado “insaciable y siempre cruel” intenta, igualmente, cercenar las conquistas laborales logradas por estos trabajadores.
Esta inversión de los términos tradicionales de la ecuación social es un signo emblemático del agotamiento de las formas habituales de percibir el mundo y de hacer política. El enfrentamiento entre burgueses y proletarios, ricos y pobres no explica la dinámica societaria que caracteriza la Venezuela actual. Por otra parte, el “electoralismo” no constituye una táctica suficiente para derrotar estas políticas. Se hace necesario anclar la lucha en ese mar de dificultades dentro del cual se encuentra sumida la población. El tren revolucionario no se detiene; no importa que se dirija hacia el abismo. Por esta razón, el país democrático no debe dar “paz ni cuartel” a los responsables de este caos. De lo contrario se corre el riesgo que el gobierno esterilice y neutralice a la oposición.
No pueden ser abandonados a su suerte los trabajadores de la Polar. Asumir esta contienda forma parte de la vía para construir una alternativa que sustituya a la presente. En fin, este conflicto pudiera constituir un punto de partida para el despliegue de un movimiento de autonomía social y política en el país. Avancemos, entonces, entonando la estrofa del himno: “ni paz ni cuartel”
Por ejemplo, los trabajadores de las empresas Polar se encuentran en pie de lucha; en guardia permanente para evitar el arrebato y la destrucción de sus puestos de trabajo por parte del “insaciable y siempre cruel” estado revolucionario. Para estos venezolanos la amenaza no proviene de la gerencia de esta empresa. La intimidación y peligro lo representa la nomenclatura revolucionaria que intenta implementar el llamado socialismo del siglo XXI. Situación similar experimentan los trabajadores de la Siderurgia del Orinoco. La situación de caos y pérdida de sus derechos laborales sólo puede ser atribuida a este estado “burgués” y socialista. Los gerentes revolucionarios lograron el “milagro” de producir 80% menos toneladas de acero líquido que en el año 2007, con perdidas de 1 mil 24 millones de dólares. Este estado “insaciable y siempre cruel” intenta, igualmente, cercenar las conquistas laborales logradas por estos trabajadores.
Esta inversión de los términos tradicionales de la ecuación social es un signo emblemático del agotamiento de las formas habituales de percibir el mundo y de hacer política. El enfrentamiento entre burgueses y proletarios, ricos y pobres no explica la dinámica societaria que caracteriza la Venezuela actual. Por otra parte, el “electoralismo” no constituye una táctica suficiente para derrotar estas políticas. Se hace necesario anclar la lucha en ese mar de dificultades dentro del cual se encuentra sumida la población. El tren revolucionario no se detiene; no importa que se dirija hacia el abismo. Por esta razón, el país democrático no debe dar “paz ni cuartel” a los responsables de este caos. De lo contrario se corre el riesgo que el gobierno esterilice y neutralice a la oposición.
No pueden ser abandonados a su suerte los trabajadores de la Polar. Asumir esta contienda forma parte de la vía para construir una alternativa que sustituya a la presente. En fin, este conflicto pudiera constituir un punto de partida para el despliegue de un movimiento de autonomía social y política en el país. Avancemos, entonces, entonando la estrofa del himno: “ni paz ni cuartel”
domingo, 16 de mayo de 2010
LA GENTE ESTA ARRECHA
Resulta paradójica la forma como se ha construido recientemente la idea del cambio político en el país. Por ejemplo, para los partidarios del gobierno esta dimensión sólo la garantiza la permanencia del Presidente en el poder. En otras palabras, la continuidad de la “revolución”. Para sus adversarios, por el contrario, éste sólo es posible si Chávez abandona el cargo. Estas extravagancias perceptivas expresan el agudo proceso de conflictividad que ha vivido el país a lo largo de esta última década.
No hay duda que esta polarización ha caracterizado nuestra vida política. Es practicada por el líder de la revolución, la elite que lo acompaña y sectores radicalizados de la oposición. Sin embargo, no es extensible a toda la población; tampoco expresa una mayor coherencia en las convicciones políticas del ciudadano común. Por el contrario, tal como las encuestas revelan, existe una mayoría de electores que no termina de ser seducidos por ninguno de estos extremos radicales presente en nuestra vida política.
Es por esta razón que es fácil identificar la tarea política inmediata: transformar a estos potenciales destinatarios en interlocutores de un nuevo diálogo político. Lo espinoso y complicado consistiría en descubrir las claves discursivas que faciliten alcanzar este objetivo. En otras palabras, sustituir el viejo discurso por uno nuevo que tenga “pegada” en el medio de estas opciones polares.
Dilucidar este dilema no es tarea fácil. Se requiere de una gran agudeza y comprensión de las lógicas sobre las cuales se construyen los universos perceptivos de la población. Un punto de partida puede ser prestar atención a las emociones y los imaginarios sociales. Sobre el primer aspecto es bueno destacar que estas sensaciones conforman la vida social e, igualmente, proporcionan los parámetros que facilitan la evaluación del mundo que nos rodea. Los imaginarios sociales, por su parte, estructuran la memoria histórica, la experiencia social y construyen la realidad.
La próxima campaña electoral se desenvolverá en un ambiente de crispación emocional. La gente está arrecha. Es sobre este fondo emocional que se asienta el centro político. Este contexto emotivo proporciona a estos sectores los parámetros para evaluar sus circunstancias vivénciales (carencia de electricidad y agua; inflación, inseguridad, desabastecimiento, devaluación, etc.). Los ciudadanos, sin duda, están molestos. Esta subjetividad puede ser canalizada políticamente. Se trataría de articular esas emociones y “organizarlas” en el sentido que connote rechazo a un enemigo común que amenaza la existencia de este sector de la población. Simplificación que permitiría crear un mundo discursivo con capacidad de poner orden en ese caos y suministrar contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Recordemos la máxima: “no es lo que tu dices, es lo que la gente escucha”
No hay duda que esta polarización ha caracterizado nuestra vida política. Es practicada por el líder de la revolución, la elite que lo acompaña y sectores radicalizados de la oposición. Sin embargo, no es extensible a toda la población; tampoco expresa una mayor coherencia en las convicciones políticas del ciudadano común. Por el contrario, tal como las encuestas revelan, existe una mayoría de electores que no termina de ser seducidos por ninguno de estos extremos radicales presente en nuestra vida política.
Es por esta razón que es fácil identificar la tarea política inmediata: transformar a estos potenciales destinatarios en interlocutores de un nuevo diálogo político. Lo espinoso y complicado consistiría en descubrir las claves discursivas que faciliten alcanzar este objetivo. En otras palabras, sustituir el viejo discurso por uno nuevo que tenga “pegada” en el medio de estas opciones polares.
Dilucidar este dilema no es tarea fácil. Se requiere de una gran agudeza y comprensión de las lógicas sobre las cuales se construyen los universos perceptivos de la población. Un punto de partida puede ser prestar atención a las emociones y los imaginarios sociales. Sobre el primer aspecto es bueno destacar que estas sensaciones conforman la vida social e, igualmente, proporcionan los parámetros que facilitan la evaluación del mundo que nos rodea. Los imaginarios sociales, por su parte, estructuran la memoria histórica, la experiencia social y construyen la realidad.
La próxima campaña electoral se desenvolverá en un ambiente de crispación emocional. La gente está arrecha. Es sobre este fondo emocional que se asienta el centro político. Este contexto emotivo proporciona a estos sectores los parámetros para evaluar sus circunstancias vivénciales (carencia de electricidad y agua; inflación, inseguridad, desabastecimiento, devaluación, etc.). Los ciudadanos, sin duda, están molestos. Esta subjetividad puede ser canalizada políticamente. Se trataría de articular esas emociones y “organizarlas” en el sentido que connote rechazo a un enemigo común que amenaza la existencia de este sector de la población. Simplificación que permitiría crear un mundo discursivo con capacidad de poner orden en ese caos y suministrar contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Recordemos la máxima: “no es lo que tu dices, es lo que la gente escucha”
sábado, 15 de mayo de 2010
AD Y PSUV (Hegemonía vs. dominación)
Dominación y hegemonía son nociones de uso común en el lenguaje político. En términos generales se asumen como sinónimos. A veces su diferencia es percibida en términos graduales. Por ejemplo, el modelo político actual tiende a ser interpretado como un extremo autoritario en el marco de nuestra cultura democrática. Por esa razón es calificado como hegemónico; vale decir, incapaz de reconocer y procesar los antagonismos naturales de la lucha política. Esta descripción, sin embargo, no penetra hasta las honduras y raíces que proporcionan sustento a esta realidad política.
Hegemonía y dominación constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
En la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que ser venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo sus debilidades. Con el transcurso del tiempo se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia intenta dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyente. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es instrumentada desde la cúspide del petro estado venezolano. La combinación de coerción y represión viste su ejercicio de dominación.
¿Cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? Preguntas vitales. Las respuestas, de ser las adecuadas, constituirán la base de la nueva democracia en Venezuela. Un punto de partida: prestar atención a la Venezuela profunda en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
Hegemonía y dominación constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
En la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que ser venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo sus debilidades. Con el transcurso del tiempo se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia intenta dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyente. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es instrumentada desde la cúspide del petro estado venezolano. La combinación de coerción y represión viste su ejercicio de dominación.
¿Cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? Preguntas vitales. Las respuestas, de ser las adecuadas, constituirán la base de la nueva democracia en Venezuela. Un punto de partida: prestar atención a la Venezuela profunda en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
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