Dominación y hegemonía son nociones de uso común en el lenguaje político. Habitualmente se asumen como sinónimos. A veces su diferencia es percibida en términos graduales. Por ejemplo, el modelo político actual tiende a ser interpretado como una versión autoritaria de nuestra cultura democrática. Por esa razón es calificado como hegemónico; vale decir, incapaz de reconocer y procesar los antagonismos naturales de la lucha política. Esta descripción, sin embargo, no captura la complejidad del momento político actual y propicia el diseño de políticas erróneas.
Hagamos un breve ejercicio conceptual. Hegemonía y dominación, sin lugar a dudas, constituyen variables de la ecuación del poder. Cuando se ejerce la primera, desaparece la segunda. Una fuerza política es hegemónica cuando es capaz de enlazar armoniosamente su propuesta con el “sentido común de las masas”. En otras palabras, un proyecto es hegemónico cuando articula los procesos culturales, particularmente los de la vida cotidiana, con su ejercicio del poder.
Por ejemplo, en la historia política venezolana Acción Democrática logró hegemonizar el naciente dispositivo democrático. En sus inicios, esta agrupación proceso apropiadamente la dimensión cultural de la vida política. En otras palabras, trascendió la idea de partido y adquirió la consistencia de un sentimiento. A tal punto que venezolano y adeco llegó a evocarse mutuamente. De ahí su poder y al mismo tiempo su debilidad. Con el transcurso del tiempo esta agrupación se burocratizó y perdió esa conexión con el alma popular. Dejando al descubierto un espacio político que aún no ha sido hegemonizado. Ahí reside, en mi criterio, unas de las aristas fundamentales de nuestra crisis política. Déficit de hegemonía, exceso de dominación.
Por su parte, el socialismo del siglo XXI es dominante, pero no es hegemónico. No ha podido transformarse en un sentimiento de alcance nacional. Todo lo contrario, su estrategia consiste en dividir a la población en dos grupos mutuamente excluyentes. Ejerce la dominación mediante políticas implementadas desde el aparato estatal. La de AD, en sus inicios, fue una revolución construida desde abajo, la del PSUV es fomentada desde la cúspide del petro estado venezolano.
Entonces, ¿cómo construir la nueva hegemonía? ¿Cuál ha de ser su sujeto histórico? ¿Qué discurso será capaz de interpelarlo? ¿Es factible un “compromiso histórico” en la Venezuela actual? Preguntas vitales. Responderlas debería ser motivo de un debate intenso. Discusión abierta, dinámica y sin descalificaciones.
Para avanzar en este terreno es indispensable diseñar una política con vocación hegemónica. Ello implicaría, entre otras cosas, comprender las reglas a través de la cuales las acciones y los objetos en este ámbito adquieren significado. Veamos un caso que puede ilustrar la afirmación anterior. En la boca de agrupaciones políticas como el PSUV y Primero Justicia la palabra pueblo evoca significados distintos. En el primer caso, masas desposeídas que deben ser asistidas a través de políticas públicas. En el segundo, sociedad civil; vale decir, sujetos que adquieren identidad a través del ejercicio de sus deberes y derechos ciudadanos. Concepciones estas que no deben asumirse en términos excluyentes. Antes por el contrario, un nuevo proyecto político con aspiración hegemónica debería articular ambas significaciones, trascender las fronteras discursivas que lo separan del adversario y “ocupar” su espacio discursivo.
En el país persiste el fenómeno de la polarización. No tan sólo la electoral sino también la asociada a culturas políticas incompatibles. La nación sufre de un déficit de hegemonía. Es necesario, en consecuencia, formular propuestas que trascienda estos extremos y suministren contenidos concretos a los discursos universalistas de democracia, igualdad y justicia.
Con la siguiente afirmación finalizo. Hay que prestar atención a la totalidad del país en orden de poder sustentar “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar”.
viernes, 10 de septiembre de 2010
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