Lo uno y lo Diverso

Lo uno y lo Diverso
Foto de Sebastiäo Salgado

domingo, 30 de mayo de 2010

Babieca, Rocinante, Pastor, Bucéfalo, Marengo

Estos son algunos nombres de los caballos que cabalgaron personajes de ficción e históricos. Babieca, acompaña al Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar, en su última batalla. Sobre Rocinante, se empinan las alucinaciones de Don Quijote de la Mancha. Pastor escolta a Simón Bolívar en innumerables batallas. Desde el lomo de Bucéfalo, Alejandro Magno, dirigió batallas que expandieron el imperio griego hasta Egipto y la frontera de la india. Marengo es custodiado en el Nationa Army Museum en Inglaterra; testigo mudo de la derrota de Napoleón en Waterloo.
PROCEDENCIA
El fósil más antiguo de la familia de los equinos se encontró en Estados Unidos en 1867 y se le denominó Eohippus. Este animal medía unos 30 centímetros y poseía cuatro almohadillas en las patas delanteras y tres en las traseras. Era el habitante de las zonas selváticas y de los pantanos y fue la especie que emigró hacia Asia en el periodo del Eoceno.
Con la llegada de la era glacial el número de ejemplares se fue reduciendo hasta su extinción del continente americano hace unos ocho mil años. Así, hasta que no llegaron los primeros conquistadores la especie del Equus caballus (denominación latina para el caballo que conocemos en la actualidad) fue desconocida para los pobladores de este continente.
SIMBOLISMO
La riqueza simbólica de este animal es variada. Para muchos autores el caballo es expresión simbólica del instinto, volcán del deseo desenfrenado. En antiguos ritos, una cuadriga de cuatro caballos es sacrificada como ofrenda al sol. Los romanos lo consagran al Dio guerrero Marte. Para los hijos de la Roma Eterna, la visión de un caballo es presagio de guerra. En diversas fábulas y leyendas, los caballos previenen a los caballeros: son clarividentes. De acuerdo a Jung, el brioso cuadrúpedo es encarnación del costado mágico del hombre, “la madre en nosotros”, la intuición del inconciente. De la aureola mágica del caballo proviene la creencia de que la herradura es señal de buena suerte. Mirce Eliade, el gran historiador de las religiones, subraya su carácter ctónico-funerario y el papel protagónico que juega en los ritos chamánicos.
Equus caballus juega un papel importante en la obra reciente de Alirio Palacios; sus caballos guerreros y de la tropa emperadora, Babieca, Rocinante, Pastor, Bucéfal y Marengo trasladan al espectador a otro nivel; a un mas allá que permite cabalgar llanuras, rozar ventanas y atajar nubes


Maestria y Espacio Mítico de Alirio Palacios Eugenio Montejo
La maestría que manifiestan sus cada vez más convincentes propuestas en el curso de estas últimas décadas lo ha convertido en una referencia ineludible de los logros plásticos venezolanos alcanzados durante la segunda mitad del siglo pasado. En un acercamiento forzosamente sucinto a su trabajo como el presente, creo que debe señalarse dos rasgos capitales que a mi ver han marcado su búsqueda desde el inicio. El uno se refiere a su incomparable formación creadora, una de las más sólidas entre los artistas de nuestros días, una formación conquistada mediante un rigor casi ascético que lo llevó a permanecer durante largos años como estudiante en China, Polonia, Alemania, en una etapa en que tal vez otros se hubiesen dado por satisfechos con lo aprendido en la Escuela de Artes Plásticas de Caracas. Esa rara ambición de dominio formativo ha hecho de él un maestro en el arte del grabado oriental y occidental, en el empleo de procedimientos y medios inusuales o poco conocidos que combina con singular pericia en sus propios grabados y pinturas. Sin embargo, el cabal desempeño del oficio se ha convertido para él en un academicismo petrificante, en fórmulas rígidas de procedimientos que pretendan bastarse por sí mismos. Al contrario, nuestro pintor es consciente de que los secretos de la hechura deben siempre ponerse al servicio de la intuición y de las visiones creadoras. De allí nace la convincente vitalidad de sus cuadros. A este primer rasgo, que corresponde al adueñamiento del oficio, a la asimilación de una paciente sabiduría técnica, conviene añadir otro, no menos determinante a lo largo de toda su obra. Se trata de la base mítica que le sirve de referencia, la raíz sagrada de su espacio, sin la cual el aprendizaje técnico tal vez se habría condenado a la inventiva gratuita.
Una de las obras que ha sabido asumir con mayor decisión el emblemático legado de Armando Reverón (1889 – 1954) en la pintura de nuestro continente es la de Alirio Palacios. Es verdad que su proyección, sus medios, sus alcances son radicalmente distintos. Es conocida la enceguecida ansiedad de Reverón por pintar la luz de los trópicos a partir del blanco puro, en tanto que en Palacios predomina el empleo del negro que proviene de sus maestros chinos. El negro que al asumirse como color es el que mejor se relaciona con el universo fantasmagórico que a menudo, se expresa en sus cuadros. sin embargo, la fidelidad casi religiosa a la pintura como alfabeto donde podemos leer la vida y el ámbito originario de un hombre en ambos se da con inigualable correspondencia, en ambos alcanza el hondo sentido de fidelidad a un destino.

Alirio Palacios
Nació en Tucupita, estado Delta Amacuro, el 7 de diciembre de 1938. Pasa su infancia en el campo petrolero de San Tomé, donde cursa la primaria. Estudia secundaria en la población de El Tigre, estado Anzoátegui. Se traslada a Caracas para seguir arte puro y artes gráficas en la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas, donde estudia con Alejandro Otero, Mateo Manaure, Rafael Ramón González, Gert Leufert y Gego. A su egreso del plantel, en el año 1959, es un pintor paisajista, tendencia de la que se irá apartando. En el Salón Oficial de 1961 recibe el Premio Roma, con el que da inicio a una serie de viajes de estudio por ciudades y centros de enseñanza artística del mundo: cursa pintura en la Academia de Bellas Artes de Roma, 1961; grabado en la Universidad de Bellas Artes de Pekín, 1962-1965; aguafuerte y diseño en la Universidad de Arte de Varsovia, 1968; grabado en la Academia de Arte de Berlín Occidental, 1969; artes gráficas en el Centro de Grabado Contemporáneo de Ginebra, 1973-1974; mezzotinta en la Universidad de Cracovia, 1974-1975, y otros. Ha trabajado en el campo de la docencia del diseño, además de ser cofundador del TAGA y del CEGRA. Ha sido comisario en una serie de eventos artísticos nacionales en el extranjero, y dirigió el Venezuelan Art Center en EE UU. Ha recibido numerosas recompensas, siendo las más significativas el Premio Nacional de Artes Plásticas 1977; primer premio, II Salón de Dibujo Actual de Venezuela, FUNDARTE, Caracas, 1980; premio adquisición, I Bienal Nacional de Artes Visuales, Museo de Bellas Artes, Caracas, 1981; y el Premio Andrés Pérez Mujica, Salón Arturo Michelena, Valencia, 1981.

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