Nelson Acosta Espinoza
La argumentación ha sido escabrosa. Para el relato político democrático estos temas han resultado delicados, embarazosos; en fin, difíciles de asumir. Tópicos como economía de mercado, capitalismo e individualismo se encuentran ausentes en la reflexión y práctica de los actores colectivos del país. Su razonamiento y aristas políticas se dejan para que sean abordadas en los recintos académicos y foros de intelectuales.
Diversas razones se conjugan para explicar esta circunstancia. Por un lado, históricamente este liderazgo ha cabalgado sobre ideas de sesgo socialistas. De hecho, casi la totalidad de los partidos políticos en el país han asumido posturas de este tenor. Desde luego, en el marco de esta militancia, los grados de convicción son disímiles. El PSUV, por ejemplo, gravita en un polo de socialismo dieciochesco; el MAS, por el contrario, ha intentado formular una vía socialista democrática, al estilo europeo. Acción Democrática, por su parte, se percibe como social demócrata; la democracia cristiana sufre una crisis de identidad que la lleva a denominarse partido popular, sin abandonar su vocación socialista y cristiana. Las otras agrupaciones políticas, navegan en este mar donde el estatismo y asistencialismo constituyen sus marcas predominantes.
Paradójicamente, a pesar de esta unanimidad y la presencia de un gobierno que se declara socialista, tan sólo el 1.6% del PIB es causado por formas de relación económicas no capitalista. Este contrasentido con sentido abrumó con su lógica a los intelectuales que debatieron este tema recientemente en la sede del Centro Internacional Miranda.
¿Cómo explicar esta contrariedad? Veamos. En un extremo, se encuentra un estado que se proclama socialista, un liderazgo oficialista y de oposición que comparte, en diversos grados esta visión y, en el otro, estamos en presencia de una cultura compenetrada con valores asociados a la economía de mercado y al concepto de libertad coligado al libre ejercicio de iniciativas individuales y empresariales.
El primer polo de esta ecuación se encuentra relacionado con la abrumadora presencia del petróleo en la economía venezolana y la “urgencia” de apropiarse de la renta que procede de la explotación de este mineral. En consecuencia, el núcleo de esta contrariedad se ubica, por un lado, en la presencia de un estado que socializa esta renta y, por el otro, en la circunstancia que ésta se deriva de una actividad económica de neto corte capitalista. Esta dualidad “perversa” cuenta a la hora de explicar las dificultades que hemos venido confrontando a lo largo de la última década. Tener presenta esta característica es vital en el campo de la lucha política.
PETROESTADO
Esta singularidad es compartida con otras sociedades que se organizan en torno a la extracción de un recurso natural. En el caso de Venezuela, la explotación petrolera permitió magnificar la importancia del estado en relación con el resto de la sociedad. Esta gramática política ha alimentado lógicas socializantes: distribuir la renta y asistir a la población. La casi totalidad de los actores políticos cabalgan sobre estas ideas; existen diferencias, desde luego, pero sus distancias son de grado y énfasis.
Esta cultura rentista ha prevalecido en las instituciones estatales. Desde este dispositivo se ha desarrollado un sistema de valores que ha respondido a las necesidades de la sociedad política en Venezuela. Petróleo y nación se confunden y se han intercambiado de acuerdo a circunstancias de orden histórico. Nacionalismo y anti imperialismo coexisten en una danza armónica con agricultura de puertos y consumo abastecido a través de ingentes importaciones. Esta contradicción reposa sobre dos circunstancias que no han variado a lo largo del siglo pasado hasta el presente: renta petrolera y sobre valoración de nuestro signo monetario.
En paralelo se ha desarrollado una trama cultural que apela a un falso igualitarismo colectivo. En concordancia con esta interpelación se ensalza una idea de pueblo que no se corresponde con los sujetos reales que hacen vida en las comunidades urbanas del país. El “Juan Bimba” que espera pasivamente la asistencia del estado ha comenzado a ser desplazado por individuos y colectivos que ven en su esfuerzo propio la salida a su situación de pobreza. Un nuevo individualismo de carácter colectivo ha comenzado a revelarse
INDIVIDUALIZACION
¿Cómo caracterizar este individualismo en ciernes? ¿Viene aparejada su construcción por procesos culturales que refuerzan los procesos de individualización? ¿Qué relación se establece entre las identidades individuales y las colectivas? Las respuestas a estas interrogantes son complejas y apuntan a temas teóricos y prácticos. Me parece que lo medular es resaltar que las colectivas tienden a dar paso a identidades fragmentadas que se corresponden con nuevos patrones de conducta y pensamiento cultural. La idea de “pueblo” comienza a ser sustituida por la de ciudadanos; por sujetos individuales que se desapegan de los viejos relatos inclusivos y tienden a desarrollar relatos culturales múltiples y simultáneos que favorecen la construcción de nuevas identidades. Este flujo discursivo estimula una nueva reconfiguración del espacio cultural y político. Realidad ésta que provoca perplejidad en los actores políticos tradicionales.
¿Cómo podemos conceptuar, entonces, este fenómeno de la individualización? En forma breve este concepto puede definirse como el proceso de acuerdo el cual la biografía normal se convierte en biografía elegida. En otras palabras, la biografía del individuo se desliga de los modelos y las seguridades tradicionales; de los controles ajenos y de las leyes morales generales. Las posibilidades de vida “inasibles a las decisiones disminuye, y las partes de la biografía abiertas a la decisión y a la autoconstrucción aumentan”. Esta apertura, sin lugar a dudas, ofrece un campo propicio para ensayar nuevas propuestas políticas. Desde luego, estas ofertas para ser exitosas deberán transformar a este destinatario en interlocutor. Aquí se ubica, a mi juicio, el horizonte estratégico donde se puede inscribir una nueva forma de asumir la práctica política y la democracia.
LO QUE ESTA EN JUEGO
En otras palabras, lo que está en juego, no es la simple sustitución de un liderazgo por otro. La médula del asunto reside en la formulación e implantación de un nuevo dispositivo político y cultural que sustituya el que ha estado vigente a lo largo del siglo pasado hasta el presente. El asistencialismo y estatismo deben ser derrotados. Sólo así se podrá colocar las instituciones estatales en sintonía con lo que efectivamente sucede en el abigarrado mundo de lo real existente. Recordemos que nuevas identidades comienzan a reconfigurar el espacio social y colectivo.
La tarea para un nuevo liderazgo es sencilla y compleja a la vez: transformar este dilema en sentido común y construir una nueva hegemonía que permita reconciliar a la sociedad política con la sociedad civil. En fin, ensayar inéditas formas de disfrutar, resistir, golpear y construir formas de vida.
lunes, 26 de octubre de 2009
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