Nelson Acosta Espinoza
Chávez reconoció su error y derogo la polémica Ley Nacional de Inteligencia y Contrainteligencia. Este texto será transferido a la Asamblea Nacional y, probablemente, servirá de insumo para la elaboración de un proyecto que permitirá coordinar a los servicios de inteligencia.
Es encomiable este espíritu de enmienda expresado por la más alta esfera del poder gubernamental. Es de esperar, entonces, que La Comisión de Política Interior convoque a su seno a diversos especialistas para que tomen este toro por sus cachos y claven la estocada mortal en lo sustantivo del problema, vale decir, el concepto de libertad sobre el cual se deberá construir esa armazón jurídica que pretende proteger la denominada “razón de Estado”.
El sesgo estratégico del tema hace obligante incentivar el debate. El argumento de fondo, sin lugar duda, es el concepto de libertad sobre el cual se soportará esta iniciativa jurídica. Su construcción tendría que reflejar una de las distintas acepciones que implica este concepto filosófico. Desde luego, son diversas y apuntan a significados distintos. En este orden de ideas, las expuestas por Benjamín Constant y, en especial, por Isaiah Berlin constituyen un excelente punto de partida para iniciar la discusión sobre este tema capital.
Recordemos que este profesor de la Universidad de Oxford, criado en Riga y Petrogrado, distinguía dos tipos de libertades: la negativa y la positiva. La primera la entendía como libertad de: libertad de interferencia en asuntos personales, que implica la limitación del poder del estado dentro de un fuerte marco legal. Como lo sintetiza un conocido académico, el propósito esencial de la comunidad política liberal es crear las circunstancias públicas en las que se deja solos a los hombres para que hagan lo que quieran, siempre que sus acciones no interfieran con la libertad de los demás. La segunda, por otra parte, era libertad para: libertad para poner en práctica algún bien mayor en la historia. En el centro de los proyectos fascistas y comunista, advirtió Berlin, había una determinación de usar el poder político para liberar a los seres humanos, les gustara o no, con el objetivo de realizar algún fin histórico superior. Esta determinación, concluía Berlin, inevitablemente conducía a la represión.
Esta determinación autoritaria y represiva, de la cual nos habla Berlin, se encontraba expresada en diversos artículos de la Ley derogada. Por ejemplo, esta legislación promovía la creación de sistemas de informantes; otorgaba amplio poder discrecional al gobierno para invadir la privacidad de los ciudadanos, grabar conversaciones telefónicas, filmar movimientos, actividades o personas sospechosas de operar contra la seguridad nacional. Igualmente, confería a los organismos de seguridad la capacidad de “anticipar” delitos y detener los responsables que atenten contra la estabilidad y la soberanía del país, entre otros.
Desde luego, lo arriba descrito, constituyen ilustraciones grotescas de una política. Bueno es resaltarlo, esta estrategia no ha sido aún derrotada. Es indispensable, entonces, profundizar el debate sobre este tema. Quizá sea pertinente recordar que esta diferencia entre espacio público y privado (éste debería ser el corazón del debate) ha sido producto de luchas históricas. La conservación y protección de este último ha sido fruto de un largo proceso no ajeno a altas dosis de disputa política. Su constitución, en consecuencia, permitió el florecimiento de las libertades políticas En otras palabras no sería posible concebir esta libertad sin independencia individual.
Debatir es imperante. No olvidemos que en el fondo nos estamos jugamos el “cemento mismo sobre el que se ha construido la libertad de los modernos”
Chávez, sin duda, apuesta por la de los antiguos
lunes, 26 de octubre de 2009
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